Estaba acostado con José, desnudo, cansado, mirando el techo, a segundos de darme vuelta hacia él y abrazarlo aunque pensaba que ya no quería estar ahí, con él. Le abracé igual porque el abrazo era una cosa de costumbre, no con él, sino con todos. Después de tener el orgasmo venía el arrepentimiento.
Es como “putear”.
Me llamo Sebastián. Soy gay. Vivo en Santiago. Y hace poco vivía en la casa de un amigo, Carlos, hasta que me echó. Y no fue porque besé a su ex. Eso fue un juego; yo lo miraba, él me deseaba, me sonreía, me tomaba las manos y me apretaba contra su cuerpo. Me sonreía. Hasta que sentí aquella parte del cuerpo que solo se siente cuando se pierde la vergüenza. Yo ya la había perdido. Estábamos solos, lo estaríamos por un buen rato. No había testigos.
No no necesito dinero a cambio, pero me siento todo un puto porque, antes que eso fue cuando me acosté con José, y antes con Benjamín, los dos mejores amigos de Carlos que recién habían terminado. No tengo la culpa de lograr lo que quiero ni tampoco de que sea tan fácil seducir a algunas personas. O en realidad quizás son ellas las que quieren algo conmigo y yo solo me dejo. Difícil saberlo.
Por cierto, no nací en Santiago, ciudad que está “llena de gays”, como me dijo un amigo cuando lo encontré en la estación del metro cerca del Santa Lucía. Venía a conocer el “ambiente” y despertó al día siguiente sin querer irse. Al tiempo volvió y aprendió la primera regla: puedes tener a cualquier en una noche pero ninguno se quedará. No es que todos los gays de Chile hayan nacido en Santiago, sino que tarde o temprano se aparecen… pero todos están de paso, tarde o temprano se tienen que ir. El ambiente no es un lugar donde vivir para siempre. Por la fuerza, por accidente o por vergüenza, saldrás.
Pero sigo con mi historia. Voy por partes. Mi buen amigo Carlos me echó de su casa por interferir entre su pareja de amigos, y después me perdonó cuando supo que había besado a su ex… siete meses después de ocurrido. Sé que no debí besarlo, pero la carne fue más fuerte, o más débil. No sé. La ley de que era el ex del amigo no tuvo valor. Mauricio, el ex de Carlos, tenía el pelo tan rubio como me gustaba, los labios tan suaves, los ojos azules y los brazos fuertes. Aunque era un poco blando, después de besarlo fue ideal caminar con él por la calle con la culpa a cuestas, con el sol en los zapatos y muchas bolsas, de vuelta a casa, a seguir besándonos.
“¿Podríamos ser pololos?”, “No lo sé”, “yo tampoco”. La pregunta se repitió durante mucho tiempo, por lo menos todas esas semanas que nos buscamos. Él me miraba y creo que sentía miedo de mi. Yo ya llevaba a cuestas otras historias de amor y tragedia. Soy un especialista. Nadie dijo que ser seductor o atractivo era fácil. Todo tiene sus costos. Aunque ni yo creo que sea un seductor. Ni el sexo ni la guerra tienen que ver con la belleza.
Pero quizás fue más fuerte lo que sentía por Carlos. Lo que más me sorprende es encontrarme con aquel sujeto que me perdona porque sabe que no lo hago con mala intención, que solo soy alguien víctima de mi mismo. Ese es Carlos. El es el único capaz de decirme que soy infantil. Me lo dice y yo entiendo que en el fondo quiso decir “pendejo”. Y hasta me gusta escucharlo de él.
Cuando hablo con Carlos, algo así como mi maestro de paz, parece que todas las cosas estuvieran en el lugar adecuado. “No te canses, que las cosas más bellas siempre quedan en tu corazón”, me dijo cuando perdí una de mis más grandes colecciones de fotografía producto de un descuido en uno de esos viajes que me gusta hacer sin preguntarle a nadie. No necesitaba nada más para olvidar el problema.
Y Carlos lo hizo de nuevo cuando Benjamín trató de pegarme. Primero me acosté con Benjamín, me dijo que guardara el secreto. Luego en la misma cama, y con la misma ropa, hice lo mismo con José. Y se lo conté. Qué fácil es ser puto y maricón. Pero a Carlos eso nunca le importó. Por eso nadie me podía haber protegido mejor que él de los casi-golpes de Benjamín. Simplemente dijo: “Todo va a estar bien”. Y así fue.
Estoy mirando Santiago, una concurrida calle de la capital, siento el ruido de las sirenas, no tomo alcohol porque la verdad es que no me gusta tomar solo, respiro, siento un poco de frío a pesar de que en pleno verano el sol calienta incluso de noche. Pienso en todos los besos que he dado, pienso en la levedad del ser. Hoy no tengo ganas de salir. Me tomaría un jugo de limón con un poco de alguna sustancia etílica, llamaría a alguien que me acompañe a ver amanecer, alguno de todos esos que he besado o quizás alguno de los que me faltan por besar.
O quizás no. Hay un momento en que se siente mejor estar solo y soñar de todas las formas posibles. O quizás no, quizás solo es que al soñar no sientes nada. Yo ni siquiera sé lo que quiero.
Tomás Salvador
Popularity: 12% [?]